Prostitutas burdel prostitutas poligono marconi madrid

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Unas pocas ejercen en naves industriales que sus proxenetas han convertido en auténticos prostíbulos carentes de las mínimas condiciones de salubridad.

A las puertas del edificio prolifera la basura, testigo del olvido institucional que sufre el barrio. Las mujeres que viven en la zona y tienen que atravesar el polígono para ir al supermercado o coger el metro, son confundidas con prostitutas por los clientes. Los consumidores de prostitución en Villaverde dan por sentado que la presencia de estas mujeres en la calle es sinónimo de que ejercen de meretrices.

El precio de alquiler de las naves también refleja la realidad de prostitución que tiene lugar a sus puertas: Pasó el periodo y Madrid sigue sin contar con una normativa que regule la prostitución. Ana, la joven rumana de 20 años, inicia su jornada a las 11 de la mañana. Así que saca el móvil para distraerse. No puede sentarse, eso no es parte del trabajo: Prostitución en el polígono Marconi.

El polígono del sur de Madrid es el mayor prostíbulo a cielo abierto de España. Allí trabajan día y noche, a veinte euros el servicio, mujeres, la mayoría esclavas de las mafias. Algunas lo hacen por solo cinco. En el Paseo de las Delicias hay dos edificios, el y el , que antes tuvieron residentes.

Son el símbolo de una gran manzana triangular, entre las paradas de Atocha y Legazpi, con la mayor densidad de prostíbulos clandestinos por metro cuadrado. La industria del sexo se asienta en el polígono industrial de Marconi.

Circulan despacio porque allí siempre es hora punta. Reducen la marcha para ver de cerca la mercancía, lanzan un grito desde la ventanilla, negocian el precio y, poco después, paran a un lado de la carretera. A través de las ventanillas se adivinan siluetas en diversas posturas, un porno de sombras.

Después, ellas bajan y caminan de nuevo sobre una acera tapizada de pañuelos de papel y los coches vuelven a circular. Se calcula que chicas hacen la calle en Marconi, que es como se conoce al polígono de Villaverde y al de El Gato. Esta es una selva antigua, crecida después de que se desmantelara la Casa de Campo, el tradicional caladero de la prostitución madrileña. Casi no se las ve. Cada esquina y cada trozo de acera tiene un dueño, un color de piel y un acento distinto.

Cada palmo de terreno es un bien codiciado que tiene dueño. Lo controlan las mafias. En cada puesto se relevan las chicas, que pagan un canon de sus beneficios a los señores feudales de ese asfalto. Algunas mujeres pasean entre ellas, les llevan tabaco y por supuesto, cuentan los clientes y las ganancias.

Su gesto es servil, pero en realidad son la cadena en el tobillo. Los chulos no se dejan ver. Algunos controlan desde las atalayas de los edificios, en habitaciones calientes lejos del frío y de la lluvia. También vigilan a los reporteros desde furgonetas blancas.

Uno de ellos, de pronto, recorre la acera a pie camino de ninguna parte para dar su mensaje a las chicas y al periodista: Caderas anchas, pechos asomando tras una red de encaje, pongamos que se llama María. La conversación tiene lugar al día siguiente camino de la farmacia: La mayor parte de las chicas no pasa del anuncio de su tarifa. Cuesta creer que aquella veinteañera de metro ochenta de las piernas largas y los ojos de hierbabuena, esa mujer que podría estar en una pasarela o bailando de gogó en una discoteca, esa diosa eslava esté allí pasando frío y haciendo sexo dentro de un coche por veinte euros.

Se calcula que son A cuarenta servicios por cabeza, cada día en Marconi sale a Sobre cada par de tacones se erige un edificio quebrado, una historia que salió mal. A Lis se le torció la vida el día en el que la echaron de su trabajo de secretaria en un despacho de abogados de Sao Paulo, en Brasil, y de un golpe se le acabó el dinero para pagarse la carrera de Derecho.

En esa mala hora conoció a una chica que le ofreció una solución: Aquella chica fue trabando relaciones de amistad con la gente de Lis y alrededor de ella tejió la tela de araña de la confianza. Pasó un par de meses sopesando la decisión. Vivían juntas en un piso, pero el trabajo prometido no llegaba.

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Se negaron y ella se dio cuenta de que nunca saldría de ese agujero. Su gesto es servil, pero en realidad son la cadena en el tobillo. Ya le estoy haciendo demasiadas preguntas. Aquí no hay peleas.

También me dice, con poca convicción, que las chicas no viven allí: También me dice que cada burdel es independiente de los otros. Yo le pregunto que por qué y ella me dice que porque así es la vida. Que si me interesa la chica. Ya le estoy haciendo demasiadas preguntas. Salgo y subo al tercer piso. En el tercero también hay una sola puerta abierta. Tiene un cartel en chino, escrito a boli en una hoja de libreta. Pero en la puerta hay una señora colombiana que me atiende. Se conoce que es cliente habitual, porque lo reciben casi con honores de jefe de estado.

Yo aprovecho la confusión y me largo. Dentro distingo hasta tres voces femeninas con acento latinoamericano. Decido no entrar; ya sé lo que me voy a encontrar. El es otra cosa. Para empezar, en la puerta hay dos ecuatorianos que hacen de seguridad, de guías para los clientes y de recaderos para las prostitutas.

Yo decido subir por las escaleras para ver qué me encuentro, pero no hay ni rastro de prostitutas agresivas. Cada piso tiene una sola puerta y hay que tocar. Pasas, se presentan y decides. Tiene 5 pisos y guardias de seguridad clandestinos en la puerta Moeh Atitar.

Le digo que yo no venía a tener sexo sino a hablar. Me dice que bueno, que algunos lo hacen. Yo le aclaro que no es sobre mis penas, sino sobre su trabajo. Se encoge de hombros y me dice que si le garantizo anonimato, no le hago fotos y le pago, que vale. Se hace llamar Helen, tiene 27 años, es paraguaya y tiene dos hijos, los dos en su país. En este edificio, al contrario de lo pasa en el , todos los burdeles son del mismo propietario , un ecuatoriano que tiene otras casas por Madrid.

Helen estuvo antes en un hotel de carretera, pero le obligaban a pagar casi euros diario por la habitación y la comida. Pero tener a los chicos de seguridad abajo da mucha tranquilidad.

Algo que no pasa en el , donde el fuerte olor a rancio es uniforme en todo el edificio. El funciona desde hace unos siete u ocho años, le han dicho.

Yo no llegué a verlo. Aquí no hay peleas. A los clientes también les da mucha calma ver que hay alguien de seguridad. Pero al tratarse de un negocio soterrado y en manos de mafias, nadie va a poder reclamarlo. Aparecen a los pocos segundos llevando un carro de la compra cargado de papel higiénico para abastecer a las prostitutas de los cinco pisos. Los recaderos del llevan un carro lleno de papel higiénico para las chicas D. En la calle del Guillermo de Osma hay un par de lupanares históricos que han ido cambiando de ubicación y son poco menos que mitos en internet.

Así mismo se define él. Ahora tiene 55 y participa en algunos foros de prostitutas contando sus experiencias. Ahí es donde lo encuentro, junto a otros tres que han colaborado en la elaboración de este reportaje.

Si no nos ayudamos entre nosotros, con lo mal vistos que estamos Promete un servicio gratis al que adivine el resultado del Juventus-Real Madrid. Es un sitio bien comunicado.

Sólo en este trocito tenemos cinco estaciones de metro y una de Renfe. Lo que sí que se conoce es el origen de estos lupanares en la zona. Dos hombres hacen guardia ante la puerta del del Paseo de las Delicias D. Y no hizo nada. En ese vacío seguimos y es lo que les permite seguir desarrollando esas actividades mafiosas e ilegales", lamenta Nita García.

Los vecinos recogieron firmas y se cerraron muchos de aquellos clubes, que luego volvieron a abrir pero ya como restaurantes y comercios normales". Entre los bares y las casas particulares funcionando las 24 horas, había peleas y conflictos cada noche.

Es morena, de mediana altura y pelo liso. Ante la negativa de este, Ana ofrece ir a una nave del polígono. Las chicas que flanquean a Ana solo ven el pasar de los turismos, en su mayoría vehículos de clientes. Es agosto y, como cualquier otra actividad, la prostitución funciona a medio gas ante la menor demanda. Las empresas del polígono echan el cierre y las mujeres permanecen las 24 horas.

Estamos jugando en un mercado. Samy quiere que la vean. Ella solo atiende a los que llevan auto. A menos de 50 metros el conductor de un auto blanco la vigila y observa la escena.

Cuando se le pregunta por su situación se siente hostigada, hace una señal con la maño derecha, coge su bolso y corre hacia el coche. Los grupos de chulos, perfectamente organizados, obligan a las chicas a prostituirse y reparten las zonas en función de la nacionalidad, la edad o la sexualidad de las mujeres a los ojos de los agentes de la Policía Municipal y Nacional que patrullan por el polígono.

Unas pocas ejercen en naves industriales que sus proxenetas han convertido en auténticos prostíbulos carentes de las mínimas condiciones de salubridad.

A las puertas del edificio prolifera la basura, testigo del olvido institucional que sufre el barrio. Las mujeres que viven en la zona y tienen que atravesar el polígono para ir al supermercado o coger el metro, son confundidas con prostitutas por los clientes.

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